El potente sismo que golpeó Colombia esta semana vuelve a poner la mirada sobre una región atravesada por algunas de las mayores tragedias sísmicas registradas en el planeta. Chile conserva el récord mundial con el terremoto de magnitud 9,5 de 1960.
El terremoto de magnitud 7,4 que sacudió Colombia el lunes 10 de agosto y dejó al menos 181 muertos, según el balance disponible hasta este miércoles, volvió a recordar la enorme vulnerabilidad sísmica de América Latina.
Desde México y el Caribe hasta el extremo sur de Chile, la región ha sido escenario de terremotos capaces de destruir ciudades, generar tsunamis y dejar decenas de miles de víctimas.
La explicación está, en buena medida, debajo de la superficie. Buena parte de la costa occidental sudamericana se encuentra sobre una compleja zona de interacción tectónica. Frente a Chile y Perú, por ejemplo, la placa de Nazca se introduce debajo de la placa Sudamericana, un proceso conocido como subducción y responsable de numerosos terremotos de gran magnitud.
Chile tiene el récord mundial
Cuando se habla de magnitud, ningún terremoto registrado instrumentalmente supera al ocurrido en el sur de Chile el 22 de mayo de 1960.
Con una magnitud de 9,5, el llamado terremoto de Valdivia continúa encabezando la lista de los mayores sismos conocidos desde que existen mediciones instrumentales confiables.
El desastre provocó un tsunami que atravesó el océano Pacífico y tuvo efectos a miles de kilómetros de distancia. El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) estima que unas 1.655 personas murieron y alrededor de dos millones quedaron sin hogar.
Chile volvería a enfrentar otro terremoto extraordinario medio siglo después. El 27 de febrero de 2010, un movimiento de magnitud 8,8 golpeó la zona centro-sur del país y generó un tsunami. El USGS lo ubica entre los terremotos más grandes registrados en el mundo.
Terremotos que dejaron decenas de miles de muertos
La magnitud, sin embargo, no determina por sí sola el número de víctimas. La profundidad del terremoto, la cercanía a zonas pobladas, la calidad de las construcciones y la capacidad de respuesta ante una emergencia pueden convertir un sismo de menor magnitud en una catástrofe humana mucho mayor.
Uno de los ejemplos más dramáticos ocurrió en Perú en 1970. El terremoto de Áncash provocó un enorme alud que sepultó la ciudad de Yungay y dejó decenas de miles de muertos.
Guatemala también sufrió una tragedia de enormes proporciones en 1976, cuando un terremoto dejó alrededor de 23.000 fallecidos y enormes daños materiales.
En México, el terremoto del 19 de septiembre de 1985 se convirtió en uno de los acontecimientos más traumáticos de la historia contemporánea del país. Las estimaciones sobre el número de víctimas continúan variando considerablemente según la fuente, por lo que resulta más prudente evitar presentar como definitiva una cifra de 40.000 fallecidos.
Colombia, por su parte, sufrió el 25 de enero de 1999 el terremoto del Eje Cafetero, de magnitud 6,2. La tragedia golpeó especialmente a Armenia y otras localidades de esa región y dejó más de un millar de muertos.
Haití, la gran tragedia sísmica del siglo XXI
Pocos desastres naturales recientes han tenido consecuencias humanas comparables con las del terremoto que golpeó Haití el 12 de enero de 2010.
El sismo, de magnitud 7,0, devastó Puerto Príncipe y sus alrededores. El número exacto de fallecidos continúa siendo objeto de debate y las estimaciones varían ampliamente, aunque el desastre dejó cientos de miles de muertos o heridos y provocó una crisis humanitaria de enormes dimensiones.
La experiencia haitiana demostró nuevamente que un terremoto no necesita alcanzar magnitudes superiores a 8 para provocar una catástrofe. La vulnerabilidad de las edificaciones, la elevada densidad poblacional y las limitaciones de infraestructura agravaron sus consecuencias.
Haití volvió a ser golpeado el 14 de agosto de 2021 por un terremoto de magnitud 7,2, que afectó principalmente el sur del país y dejó miles de fallecidos.
Perú, Ecuador, México y Chile también fueron golpeados
El siglo XXI ha acumulado una larga lista de grandes terremotos en América Latina.
El 13 de enero de 2001, un terremoto de magnitud 7,7 sacudió El Salvador y provocó una emergencia nacional. Meses después, un terremoto de magnitud 8,4 golpeó el sur de Perú, uno de los mayores movimientos sísmicos registrados en ese país.
En agosto de 2007, otro terremoto devastó Pisco y otras localidades peruanas. El movimiento alcanzó magnitud 8,0 según los registros del USGS, que lo incluye entre los grandes terremotos asociados a la zona de subducción sudamericana.
Chile enfrentó nuevamente grandes movimientos en 2014 y 2015. El terremoto de Iquique del 1 de abril de 2014 alcanzó magnitud 8,2 y obligó a realizar evacuaciones masivas ante la amenaza de tsunami.
En abril de 2016, Ecuador sufrió un terremoto de magnitud 7,8 que devastó poblaciones de la costa y dejó cientos de muertos y miles de heridos.
México vivió otra jornada trágica el 19 de septiembre de 2017, exactamente 32 años después del terremoto de 1985. Un sismo de magnitud 7,1 golpeó el centro del país y provocó el colapso de edificios en Ciudad de México y otros estados.
Dos años después, en mayo de 2019, un terremoto de magnitud 8,0 se produjo en la región amazónica de Perú.
Colombia vuelve a enfrentar una emergencia
El terremoto del lunes 10 de agosto de 2026 se incorpora ahora a esta extensa historia sísmica latinoamericana.
El movimiento de magnitud 7,4 golpeó el occidente de Colombia y fue sentido en amplias zonas del país. Los balances disponibles este miércoles situaban en al menos 181 el número de fallecidos y en más de 1.200 el de heridos, mientras continuaban las labores de búsqueda, rescate y evaluación de daños.
Más allá de las cifras, cada nuevo terremoto vuelve a plantear el mismo desafío para América Latina: reducir la vulnerabilidad antes de que ocurra el próximo gran movimiento.
Los terremotos no pueden evitarse ni predecirse con precisión, pero sus consecuencias sí pueden reducirse mediante normas de construcción resistentes a sismos, evaluación de estructuras antiguas, sistemas de alerta y evacuación, educación ciudadana y planes de emergencia.
La historia de América Latina demuestra que la diferencia entre un fuerte terremoto y una catástrofe de enormes dimensiones no depende únicamente de cuánto se mueve la tierra, sino también de qué tan preparada está una sociedad cuando comienza a temblar.

